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martes, 29 de octubre de 2013

Yo te juro amor eterno.

Te lo he estado jurando estos últimos días.
¿Cómo te mantengo cerca?
Porque me haces bien, infinitamente bien. Y no te creí ni una letra de tu infinito, supongo que no te creo mucho. Tú tampoco deberías creerme a mi.

Que te pasa animal.

Nada. I am fine.

No te pasa nada a ti, tú estas bien, pero pasa algo conmigo ¿cierto? Esto no es nuevo, esto sube y baja, me tienes al borde del éxtasis y enseguida al borde de las lagrimas. Es verdad. Y yo te juro amor eterno, porque prefiero asegurarme de una infinidad de subibajas que de una bajada sin salida.
¿Por qué?
¿Las subidas no bastan acaso?

Hace un año no sabía que esperar de ti.
Ahora te conozco casi todo. Todo menos tus razones, esas que evitas, que quisieras no tener.

No quiero amarte eternamente. Quiero amarte intensamente y que tu lo hagas también conmigo. Quiero decirtelo, quiero que sea verdad, quiero que me esperes y que me levantes, que me des vueltas y que me atrases, quiero conocerte más, quiero que me conozcas y conocerme complementariamente, quiero confianza y seguridad, te quiero a ti cuando me de la gana, quiero llamarte y cortarte, y esperarte, y atrasarte, quiero que me trates suavemente, quiero abrazos infinitos, quiero miradas coquetas, risueñas y compremetedoras, quiero miradas cómplices y tu mano en la mía, quiero un pasto, una sombra y tu espalda, tu cuello, tu hombro, tu abdomen, tu pecho, tus piernas, quiero masajes, quiero jugar con tu pelo, quiero conversaciones vacías y conversaciones profundas, que te detengas, tomes aire, pienses y me cuentes algo nuevo. Ni siquiera pido un beso, pero si fuera posible, lo quiero también. Con la condición de que te quedes y de que seamos infinitos. En verdad. A instantes.

Te necesito.
No te vayas todavía, no sin antes ser mío eternamente.